El temple de los miembros de la JCE

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En infinidad de ocasiones se ha oído decir que lo importante no es cómo el hombre comienza, sino cómo termina. La grandeza pública -política o personal- no es algo que se pueda comprar en Amazon y sentarse a esperar que un Courier la traiga a la puerta de la casa, como pretenden muchos que les llegue, ella se construye y se define  con el paso del tiempo, conforme la vida va colocando la persona humana en coyunturas de toma de decisiones.

Si las decisiones salen mal, esto es, si resultan perjudiciales para la colectividad o para la persona misma de quien las toma, ello podría dejar maltrechas sus competencias, su moral y  por vía de consecuencia, su reputación. Los hombres públicos tienen entonces un gran reto por delante: tomar decisiones y que éstas sean, a su vez, las más convenientes, pero sobre todo transparentes, honestas.

La cuestión viene a cuento a propósito de la conducta observada por los miembros de la Junta Central Electoral después del 6 de octubre, fecha en que se celebraron las primarias del PLD y el PRM. Todos estos hombres y  mujeres han observado una conducta digna de admiración. Llenaron con presteza el encargo que le hizo la sociedad.

El país debe estar al lado de los miembros de la JCE en esta hora difícil que confrontan para el desempeño de sus funciones, porque hombres y mujeres como éstos constituyen fuentes de inspiración para las futuras generaciones. Todos conocemos la bien ganada reputación de esos miembros, pero sobre todo, todos les hemos visto actuar oportunamente en correspondencia con las exigencias particulares del momento. Exigencias de honradez y temple.

Todos tenemos el deber de reclamar para ellos respeto y que el Estado les proporcione una seguridad reforzada, adicional a la que ya tienen. ¿Por qué digo esto? Porque del evento que protagonizó el miembro Roberto Saladín, de su renuncia y su reconsideración sobre ésta, se desprende que alguien ha intentado presionarlo para que haga quedar mal -calumniosamente- a sus compañeros de la institución.

Pero lo peor de todo es que, ese o esos que lo han intentado extorsionar, hayan apelado al sentimiento de la amistad o a la gratitud debida para obtener una acción indebida de Roberto Saladín. Por fortuna, aún quedan hombres y mujeres serias, a quienes les importa un comino la extorsión a la hora de defender su dignidad.

 

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