“Un corazón quebrantado y humillado, Tú no lo desprecias”

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Por: Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez

Domingo XXIV del Tiempo Ordinario – Ciclo C
15 de septiembre, 2019

  1. a) Del libro del Éxodo 32, 7-11. 13-14.

El culto idolátrico del becerro de oro, constituye el pecado contra la alianza y la renovación de esta. Dios comunica a Moisés, que lo que el pueblo está haciendo es una violación del mandamiento capital. Le revela el propósito de destruirlo y de crear otro pueblo que comience con él. Moisés intercede por el pueblo, logrando evitar el castigo y obteniendo el perdón y la acogida amorosa; revelándose la fidelidad de Dios en su plan salvador. La forma de culto aquí denunciada consiste en la representación de Dios en el símbolo de un becerro, que nos recuerda el culto cananeo de la fertilidad, adoptado posteriormente en el reino del norte (Israel) por su primer rey Jeroboam. Este es un relato cargado de simbolismo, en el que queda a la vista que, desde los comienzos de Israel como pueblo, hubo infidelidades y rechazo al Dios que le había dado la vida.

  1. b) De la Carta del Apóstol San Pablo a Timoteo 1, 12-17.

San Pablo da su testimonio de vida respecto a la gran misericordia que Dios ha tenido con él, y, en los primeros versículos de este pasaje se describe como “un blasfemo, un perseguidor y un insolente”, y luego realiza su profesión de fe en Cristo Jesús, Salvador. Presenta al Dios paciente y compasivo, que lo escogió, lo perdonó y derramó su gracia, al tiempo que da gracias por la vocación y la misión recibidas. Es evidente que él se siente amado y perdonado por Dios, por eso dice: “se compadeció de mí: para que, en mí, el primero, mostrara Cristo Jesús toda su paciencia, y pudiera ser modelo de todos los que creerán en él y tendrán la vida eterna”. San Pablo nos deja el testimonio de su vida, para que estemos dispuestos a servir y ofrendar nuestras vidas al Señor, conforme a su entrega a la causa del Evangelio.

  1. c) Del Evangelio de San Lucas 15, 1-32.

San Lucas relata las tres parábolas “de la misericordia”: la oveja perdida, la dracma perdida y el hijo pródigo, que tienen como protagonista a Dios mismo y su elemento clave es el gozo, la alegría, la fiesta. La primera parábola, la oveja descarriada entre cien, tiene su paralelo en Mt. 18, 12ss; las otras dos son exclusivas de San Lucas.

Con las parábolas de la misericordia Jesús denuncia toda discriminación clasista y sus consecuencias. La actitud de aquellos escribas y fariseos que juzgaban a Jesús porque se reunía con los publicanos y pecadores, sigue repitiéndose hoy con formas tan diversas como la discriminación religiosa, la hipocresía en el plano social, etc.; sin embargo, hay en el mundo incontables instituciones de caridad y millones de personas entregadas a la tarea de amar al prójimo, y lo hacen con gran espíritu de entrega y generosidad, haciendo presente el amor con que Dios ama al hombre.

Hoy como ayer Dios es ese Padre compasivo que nos busca, nos llama y nos espera con los brazos abiertos para transmitirnos su amor misericordioso e incondicional. Él quiere salvarnos, entregó a su único Hijo a una muerte de cruz por nuestra salvación y por la felicidad de todos. Dejémonos, pues, encontrar por quien nos conoce por nuestro nombre y nos hizo a su imagen y semejanza, como hijos únicos e irrepetibles.

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